martes, 9 de febrero de 2016

CINE Y PSICOANALISIS – CICLO XX

MUJERES

Febrero  11 :  “CARTAS DE PARIS “ Dir. : Julie Bertucelli / Georgia (2003)    

Marzo 10  :   “ANNIE HALL” Dir : Woody Allen  / USA  (1977)   

Abril 14  :    “KATALIN VARGA “ Dir ; Peter Strickland / Rumanía (2009)  

Mayo   12 :    “NADIE TE OYE …PERFUME DE VIOLETAS “ Dir : Maryse Sistach  / Mexico  
                            ( 2001)     

Junio 9   :  “ HUNGRY HEARTS “  Dir : Saverio Costanzo / Italia (2014)   

Julio 14  :   “ALL ABOUT EVE”      Dir : Joseph L. Mankiewicz / USA  (1950)  

Agosto 11 :  “SONATA DE OTOÑO “ Dir  : Ingmar Bergman / Suecia  (1978 ) 

Septiembre 1 : “THE PATIENCE STONE “  Dir : Atiq Rahimi /Afganistan (2012)   

Octubre 13   :   “MARIA “ Dir : Calin Peter Netzer /Francia-Rumanía ( 2003)   

Noviembre 10 :   “ EL PIANO “ Dir :  Jane Campion / Nva. Zelanda-Australia ( 1993)  


Diciembre  8  :  “THELMA &  LOUISE” Dir. : Ridley Scott / USA – Francia  (1991)    

martes, 1 de diciembre de 2015

The Rose de Mark Rydell


Prólogo: Isabel Garbanzo

El  síntoma “habla”, posibilita poner de relieve una verdad que es singular y fundante para cada sujeto, es esa verdad la  que el síntoma vela y revela constantemente. Esta verdad en tanto “palabra amordazada, que no llega a decirse en si misma, pero si puesta en acto evidenciando un saber reprimido que da cuenta de eso que “no anda,” del sufrimiento del que no quiere saberse nada. Rosa sólo sabe cantar, subir al escenario donde monta y recrea una y otra vez una escena de la que no puede apropiarse, para ella, verdad imposible de cuestionar.  Su intento narcisista de “sanar” heridas del pasado, la llevan a lo letal del encuentro con lo Real.

Cuando la demanda de goce se ejerce sobre estructuras en las cuales la función paterna no fracasó definitivamente, pero no terminó de constituirse, nos encontramos con lo que habitualmente llamamos comportamientos "locos": actings outs, pasajes al acto, manifestaciones psicosomáticas, adicciones, etc, etc. Padeceres que ubicamos como "patologías de borde", por la imposibilidad de constituir un borde, un límite a un goce que siempre amenaza con una invasión devastadora.

En  Rosa, hay una imposibilidad de poner distancia a un pasado que la consume y con el cual pelea imaginariamente, lejos de poder ubicarse en un lugar simbólico, de reconocimiento, hace todo lo contrario y confirma su lugar de “mierda, “necesito algo nuevo…esto es una mierda de vida, no tengo un tío que me eche un polvo”  “estoy muerta”. Paradójicamente, escandalizada por una escena donde lo que sobraron fueron “tíos que se echaron un polvo con ella” y lo que parecía ser la constante era no sentirse valorada como mujer, y ser una cantante famosa hace ilusión de tapar todo cuando no es capaz de simbolizar.

Intento de borrarse, sedarse frente al dolor de su existir recurriendo al uso de drogas,  en donde queda capturada. “El verdadero tóxico no es la droga, sino más bien un exceso que coloca el cuerpo “bajo influencia”. Freud plantearía que esto tiene que ver con lo sexual” (1996: 512). Lo que estaría en juego al drogarse es un intento de autoconservación frente a lo excesivo que no tenía palabras. Es siempre un intento de dominio sobre el cuerpo, que en general les es ajeno y enigmático; es un intento de suplir la falencia de un Otro garante de la funcionalidad de ese cuerpo y de esa mente.

La  adicción es lo que la sostiene frente algo insoportable de su propia existencia. La práctica adictiva es pensable como una operación y un montaje, inscritos en la dimensión del actuar en el registro de lo real. El montaje adictivo reemplaza al síntoma y  tiene como función otorgar una estabilidad -siempre relativa- cuando no se cuenta con la eficacia del síntoma. “Una existencia tóxica es una vida contaminada, una forma de vivir que para sostenerse necesita nutrirse de aquello mismo que la destruye y necesariamente por eso, porque no puede renunciar a lo que la daña,  la existencia al ser tóxica es suicida” (Kalina, 1985:161)

El endeble yo de Rose necesita hacer un repliegue narcisista muy primitivo, donde “el yo representa bien esa superficie modelada con amor que se elabora entre otras cosas como objeto de la satisfacción de otro, y que no puede significar su existencia en su propio terreno”(1996:512). Rose se sostiene en la paradoja de inflarse  narcisisticamente expropiandose de sí misma. Siendo un puro objeto de goce. Cantar, que podría haber sido una salida simbólica, se convierte en pantalla imaginaria que no le basta para suplir, para resignificar su lugar degradado, que termina invadiendo toda su existencia.

Anclada en esa escena que la “escandaliza y objetiviza” y  que como tal la marcó, que revive aún con más carga por la imposibilidad de reposicionarse, haciendo un pasaje al acto de aquello que la mató en un momento anterior. Rose desea ser reconocida desde otro lugar, pero le es imposible sostenerlo, quiere ser reconocida como “rica y famosa”, pero siempre sustraída, imposibilitada a asumir un lugar otro, es así como dice:   “Te voy a contar una cosa grotesca: una vez en la escuela me emborraché y me tiré a todo el equipo de fútbol. Me desperté en medio del campo.  ¿Te escandalizas?   Toda mi vida he querido volver ahí como una Estrella, escuchar los aplausos de mi gente”. 

Se trata de dar forma y consistencia a un ego que intenta paliar la amenaza de algo insoportable; en un intento de rebelión el sujeto se somete al goce. Qué es lo insoportable y cuál es la defensa ante esa amenaza es lo que va a diferenciar los montajes adictivos.  No por casualidad Rose es una artista, ella puede en el escenario maquillar aquello que la mata por dentro y la soledad interna que no le permite apropiarse de eso que ha logrado construir, su nombre como cantante, narcisizarse desde un lugar otro.

Ese nombre artístico, sirvió de prótesis hasta que tuvo que volver a su pueblo a confrontar su historia y su pasado, lo que había construido que le permitía circular en lo social, montar escenarios, seducir al otro. La prótesis empieza a caerse con la humillación de otro cantante.  

Rose sale a escena, monta escenas, con un gran anhelo de re-conocimiento por parte de aquel lugar de donde vino, pero es atrapada por lo vivido y ese deseo de restregar su éxito en la cara de su gente se le devuelve como puro desecho, revelando la verdad de su ser. 

Ella intenta frenar eso que sin saber sabía, pidiendo una pausa,  vacaciones, pero no es escuchada, se le exige que pueda, que cumpla con su palabra, con su contrato. Ya Rose se sostenía en su adicción al alcohol, pero la situación se agrava, y el desbordamiento es excesivo. La droga estaría del lado del goce suturando la angustia del vacío en su ser.  

La droga promete ese dominio pero obliga al sujeto a no poder descansar en el Otro. No es el hacedor de él mismo, pero tiene que ser su constante vigía y guardián. Confiar en el Otro y mantener la incógnita de nuestro cuerpo implica un reconocimiento de una falta del ser y del tener. Esa falta es lo que permite ocuparse de otra cosa: podemos desear. En  Rose la droga ejerce la función de suplencia de esa carencia narcisista, en la ilusión efímera de una posible  resignificacion “Stay with me Baby” dice que es lo que aprendió a cantar desde que era una cría.  

Frente a la pregunta “¿Qué impresión te hace cantar en tu pueblo?  Ella responde “Me hace ilusión, son mi gente, les conozco, me entienden y yo a ellos”. Una fantasía ilusoria, porque justamente por lo que ellos conocen de ella es que es insoportable estar ahí y sostener un lugar otro, muy frágil además. Muy contradictorio, porque esos otros que le sirven de espejo le devuelven todo aquello que para ella aún sigue siendo insoportable y que intenta ocultar en el escenario. 

Ese devenir que nunca llegó en Rose, ella quería devenir cantante famosa y rica para su pueblo, que esa "prótesis narcisista" funcionara ahí. La droga sirve para apuntalar una "impostura" (estructural) que fracasa. A la vez es la que mitiga el dolor de ese "ya no ser" o "aún no soy". La droga brinda un suplemento imaginario que permite sostener la insignia fálica y un reconocimiento, al precio de congelar el deseo.

Lo insoportable aquí no es la amenaza de la invasión del Otro y el aniquilamiento subjetivo, sino la castración. De ahí que muchas veces el recurso "salvador" precipite a pasajes de "hacerse mierda", "hacerse desecho" o caer en "el dulce placer de no ser nada".  “necesito algo nuevo…esto es una mierda de vida”.

El tóxico aparece también como una promesa de llenar un vacío, de una envoltura cerrada de nada en que se ha transformado el sujeto por su identificación con el objeto perdido, esa representación de los sucesos vividos por Rose, intento continuo de reconstrucción, donde imaginariamente intenta con el regreso a su pueblo reposicionarse en el escenario, ese campo de futbol, el intento de ser amada, querida, reconocida, perdonada, el anhelo de recuperación de eso caído, perdido, o peor aún de eso que tal vez nunca existió.

Rose compra a un chofer que termina siendo su amante e interesándose en ella y valorándola como según ella dice “nunca nadie lo había hecho”, es a ese desconocido a quién le dice “Qué pena que no te conociera cuando estaba en la escuela”. Por primera vez en la vida, parece que alguien se interesa por su bienestar. Él vuelve por ella, para sacarla de ahí donde está, lugar que ella misma llama campo minado. Lo que este hombre no sabe es que nada contra corriente, y en la misma confusión de Rose, ella no puede ser salvada, él no debe defenderla, merece que la traten como una “mierda”. Frente a la propuesta de Houston de ir a algún lugar donde puedan respirar ella le responde “todo lo que sé hacer es cantar.”

Rose hace un recorrido por su pueblo, pasa por la cancha de fútbol en la que fue objeto sexual para todo un equipo, luego se esconde ante la posibilidad de ser vista por sus padres para rematar con la entrada a un supermercado, la tienda de Leonard, con la expectativa de ser reconocida por éste. Para su sorpresa no fue así.  

En su plan de “huida”  se detienen en el lugar donde cantó por primera vez:  “solamente quiero saber si ellos saben quién soy”. Cuando él la defiende y pelea porque la respeten, ella le dice “lo arruinaste” “¿quién crees que eres?” él no es nadie para cambiar su historia, su lugar; ella era ahí la misma que fue, no quién deseaba ser. Cuando le proponen hacer lo mismo que en la escuela ella dice “¡no, no no!” pero ya está todo fuera de control y con eso su posibilidad de salida, se confirma lo temido, se revive una escena con una carga afectiva aún mayor. Paradojicamente, ella quería estar en paz, “ser dejado en paz, sin querer que nada de lo que el Otro quiere de él, gozar sin desear impugnando así al falo y sus pretensiones unificadoras…” (Braunstein 1988:37)

Logra volver al escenario, para devolver a su gente aquello que muy a su pesar ella es o ha sido para el Otro, desecho. En medio de una muchedumbre, está sola, no hay quien la escuche, no hay quien la entienda, ni ella misma se entiende. La operatividad de la droga es buscada allí donde se intenta cerrar los orificios del cuerpo bloqueando la intrusión del Otro, o bien desapareciendo a la mirada de ese Otro, que le grita y le recuerda el:   “llévense de aquí a esa puta.

En una falsa ilusión dice – “es tan bueno volver a casa”, “¿me perdonan por llegar tarde?  Yo les perdono” llegada ya a un  punto en que le ha sido imposible replantearse su relación con el Otro, lograr  no estar anestesiada para lidiar con las contingencias de su vida, tal como lo apunta Luis Dario Salamone en su  texto “El Silencio de las Drogas ”  

"El rechazo del inconsciente siempre remite a una dimensión mortal, porque al entorpecerse el  funcionamiento del mismo, se estanca e impide que el deseo se ponga en juego.

El cuerpo intoxicado implica un repliegue de la libido sobre sí mismo, que conlleva un goce que tiene dos caras: el dolor rechazado retorna, y a la vez busca ser anestesiado por la droga. Al igual que en los casos de hipocondríaca y afecciones orgánicas mencionadas por Freud, esta nueva economía  de goce logra neutralizar por un momento los síntomas neuróticos, pero con un mecanismo similar al de la psicosis: aquello que es rechazado en lo simbólico es capaz de retornar en lo real. Así, con la intoxicación, en un intento por escapar del sufrimiento neurótico, el cuerpo funciona alocadamente. Pero esa locura corporal nos es tanto el precio que se paga por recurrir al tóxico, el goce autoerótico resultado de la ruptura con el Otro no encuentra la forma de metabolizarse, resultando algo primariamente tóxico. La droga viene en segundo lugar, alimentando el circuito, es el combustible  arrojado al fuego de las pulsiones. La problemática central es la sexualidad y el sujeto solo puede hacerle frente narcotizado.

En ese sentido, replantear la relación del sujeto con el Otro y con su goce resulta decisivo para  darle la posibilidad de vivir sin estar anestesiado , de permanecer despierto para resolver las  contingencias que la vida le depara, de elegir habitar un cuerpo que no esté intoxicado" -Luis Darío Salamone  "El cuerpo intoxicado" ( El silencio de las drogas)-

martes, 6 de octubre de 2015

Flashback: 2013: Cenizas del Paraíso del director Marcelo Piñeyro

Milagros Jaime Arteaga
18 de abril del 2013


Siempre que la verdad está madura,
despiadado el azar nos fiscaliza.
Menos mal que su voz es insegura:
“No hay fénix”, dice. “Sólo habrá ceniza”.
(Mario Benedetti)


Cuando vi esta película por primera vez pensaba en la razón del título: “Cenizas del paraíso”… sugiere que se trata de los restos, o de lo que queda después de la destrucción de algo que seguramente fue bueno, casi perfecto o feliz, pero que ya no está y no puede volver, aunque las mismas cenizas sean la única evidencia de que ahí algo existió. De hecho, la temporalidad y los cortes que van construyendo la película, diría que muestran al inicio las cenizas, o las ruinas, el grito: Papá! y unos se pregunta ¿qué pasó ahí? ¿Cómo se llegó a eso?

Cenizas del paraíso sería lo que queda de aquello que fue un paraíso, aunque sabemos efectivamente que el paraíso es siempre y fundamentalmente perdido, aquello que fue y ya no será: como la infancia añorada, o lo que uno creía tener, ignorando una verdad…

¿De qué paraíso son las cenizas en esta película? Tal vez de un momento de plenitud en el amor, de la felicidad compartida, o incluso de lo que se hace por amor al padre… y ya que estamos en el ciclo de “versiones del padre”, sigo por esta vía.

Y subrayo que “versiones del padre” se refiere al padre, y sus versiones. Es decir, a las diferentes modalidades, o diferentes ocurrencias de una única función.

Entonces, aunque la trama presenta centralmente a dos padres, propongo para acompañar la película, algunas puntuaciones desde el psicoanálisis, no sobre los padres, sino sobre el padre, para pensar desde ahí en sus versiones.

Sabemos que la pregunta por el padre y sus efectos en la subjetividad está presente a lo largo de las producciones teóricas del psicoanálisis, y que la vertiente del amor hacia el padre la podemos encontrar en los historiales clínicos más conocidos de Freud (desde el caso Juanito hasta Schreber).
Es un tema que insiste, porque a pesar de todo lo que se pueda decir sobre el padre, siempre quedará algo indescifrable, algo que no es posible abarcar con una definición. A la pregunta ¿qué es un padre? no se puede responder con un listado de atributos, o con una caracterización.

En primera instancia, diré que para cada uno el padre real (el de carne y hueso) encarna el lugar de la excepción, de una diferencia originaria en la vida, que anuda y afecta nuestra existencia. Aunque sobre ese efecto del padre en la vida de cada quien, es imposible decir que es el mismo o igual para todos.

Lacan plantea que “lo mejor que puede hacer un padre por sus hijos es permitirles hacer un síntoma con él”, inventar una forma para orientarse en el mundo, en el deseo y el amor. Es decir, poder arreglárselas en la vida y sus eventualidades.

En la película vemos dos padres muy diferentes, enredados en la trama de sus hijos:

El juez Costa Makantasis, de origen griego. Padre de 3 hijos varones, con quienes comparte y disfruta, con una presencia importante en sus vidas, aunque no viva con ellos. Sobre él corren rumores de que extorsiona. Sin embargo, Makantasis mantiene su vida profesional, y sobre todo su vida amorosa, al margen de la relación con sus hijos.

Uno de ellos intenta evidenciar otra dimensión, la del padre en tanto hombre, la de sus pasiones, pero Makantasis insiste en mantener esta faceta enigmática:
No te parece que a los 62 años ya podrías traer la novia a la casa, y presentársela a tus hijos
Pero él le responde: No te metas conmigo, que yo soy tu padre y no tu hijo”.

Por otro lado, el poderoso empresario Francisco Muro, implicado en casos de corrupción, es el padre de Ana, a quien siempre nombra como “mi Ana”, y además entabla una relación amorosa con la mejor amiga de ella que llega de visita a la casa. Ante la insistencia del padre por retenerla con él, Ana le reclama: “Yo no soy tu nena, papito. La que duerme con vos es tu nena”.

Ambos padres mantienen sus “pecados”  profesionales al margen de la relación con sus hijos, “un hijo no tiene que saber lo que hace el padre” dice Makantasis, para protegerlos de lo que hacen, pero también para proteger una imagen para sus hijos.
Un padre que extorsiona o un padre corrupto ¿es peor padre o menos padre para un hijo? ¿Lo que hace el padre y el hijo desconoce, puede transcurrir sin consecuencias? Sabemos que en cuanto a su función, ningún padre está a la altura (nadie lo ha sido nunca por entero, parafraseando a Lacan), pero frente a sus pecados, a sus fallas y sus caídas, sobrevive el amor. Porque aunque la función no pueda sostenerse por entero, es indispensable para el destino del sujeto. La función se cumple, a pesar de las fallas, y gracias a ellas.

Otra vertiente es la del padre donador de vida, el padre como nombre que nombra. Se trata de la dimensión del padre que inscribe la cadena generacional y la deuda genealógica. El padre que sostiene la tradición y convoca al amor filial, el amor que se dirige a ese que suponemos podría darnos la clave de lo que somos y de dónde venimos, aquel que nos ofrece una respuesta posible a nuestra pregunta por el ser.

Hay un poema de Jorge Luis Borges que expresa esto de una manera hermosa, se llama justamente Poema al hijo:

No soy yo quien te engendra. Son los muertos.
Son mi padre, su padre y sus mayores,
Son los que un largo dédalo de amores
Trazaron desde Adán y los desiertos
De Caín y de Abel, en una aurora
Tan antigua que ya es mitología,
Y llegan, sangre y médula, a este día
Del porvenir, en que te engendro ahora.
Siento su multitud. Somos nosotros y,
Entre nosotros, tú y los venideros

En la película, Makantasis, padre que que sostiene y transmite las tradiciones griegas, se enfrenta a Francisco Muro, orgulloso de su origen romano. Makantasis propone no mezclar a sus hijos en sus asuntos, Muro reclama a su Ana. Ambos elevan el valor de su filiación como armas de defensa:

Muro: Usted y yo venimos de 2 imperios que crearon la civilización.
Makantasis: Los Griegos crearon, los Romanos imitaron….
Muro: Los griegos ni siquiera tuvieron decadencia, simplemente se cayeron como un fruto prohibido…

Cierro con una vita de Eric Laurent: “El lugar del padre es el de un residuo que, como nombre, recubre este imposible. Ser padre no es una norma sino un acto que tiene consecuencias, consecuencias positivas y consecuencias nefastas. La filiación contemporánea reenvía más allá de las normas aquel deseo particularizado del cual el niño es el producto. El padre contemporáneo es un residuo y un nombre que continúa inconmensurablemente como apuesta pasional.”[1]. El lugar del padre no está dado por sí, el padre se construye en acto.



[1] Eric Laurent “Las nuevas inscripciones del sufrimiento en el niño” Psicoanálisis con niños y adolescentes. Lo que aporta la enseñanza de J.Lacan. Departamento Pequeño Hans. Grama Ediciones página 48

viernes, 4 de septiembre de 2015

Adam Resurrected de Paul Schrader - 2008


Prólogo: William Buckley
La vida como horror

El hombre, en su historia, evolución, devenir y porvenir,  es un cajón de marcas. Ya sea que se trate de  la historia de la humanidad o la narrativa de un sujeto, las marcas que cada uno encarna son las que direccionan el relato. Entre estos surcos se escurre la estopa del deseo e intentamos dar cuenta de algo del ser.
 En el recuerdo, existe un componente opaco, ese lugar en el cual algo aún es, pero que de cierta forma ha dejado de ser.  La reminiscencia  tiene esa característica, en la que incluso algo que permanece, yace muerto a su vez.  ¿No será acaso que vivir muerto se convierte a veces en la única posibilidad de vivir?
Las astillas de la historia se incrustan, vociferan dolor. Un dolor tan ensordecedor  que se torna inaudible, indiferenciado, quizá se asemejan más a un ladrido que a una voz. Perder la voz, ceder la palabra y arrastrar el cuerpo. Renunciar a la condición de hombre para vivir, así se trate de una vida como horror.  
¿A qué se renuncia cuando se abdica a la condición de sujeto? A la libertad, inclusive a la más radical de sus formas, la libertad de morir, pues se puede contar al individuo ya no como un sujeto, sino como un objeto contable más dentro de la serie posible a poseer por el amo. Quizá, en esa vuelta a tornarse objeto o instrumento que responda a la satisfacción del amo, se encuentre un intento desesperado por aferrarse a la utilidad que perpetúe la vida antes que disolverse en la insignificancia que acarrea la muerte.
Ante tal vacío es mejor buscar un quehacer, buscar un velo, colocarse una máscara. Hacer del dolor un circo, donde la diversión no es otra cosa más que el borramiento del otro en una condición de semejante, la risa que no engaña y más suena a llanto, un lamento que busca hacerse voz para preservar a los suyos, al precio de entretener al otro despojándose de su vida.
Es una disyuntiva ética de nuestros días pensar en cuáles puntos se puede pensar la vida desde una perspectiva humana y no en el orden del despojo. Para no ir tan lejos, el siglo XX nos ofrece un sin número de escenarios para pensar dicha cuestión, y nuestro siglo presente se ahonda en dichos caminos.
En ocasiones, todos estos artificios se reúnen para salvaguardar a nuestros otros. Pero, ¿cómo salvar a otros si dentro de sí mismo el fuego blasfemo del miedo, del dolor, la rabia contenida, la impotencia y de la nada arde ferozmente? ¿No será que primero hay que extinguir ese fuego para salvarnos a nosotros mismos y encontrar ese algo que nos hace humanos?  
Es quizá en el encuentro con el otro que se logra resignificar algo del orden de lo más propio. Que en el encuentro con la muerte, la vida surja de nuevo, así sea en la máscara de lo cuerdo.

Textos literarios alusivos: Lucía Molina y Kira Schroeder 
"La mayoría de nosotros no sabíamos nada acerca de la historia del campo; una historia que explicaba sin embargo en gran medida las reglas a las que los presos se habían visto forzados a someterse, y el tipo de hombre que de ellas había surgido. Pensábamos que ése era el peor lugar para vivir en un campo de concentración, porque Buchenwald era inmenso y porque ahí nos sentíamos perdidos. Ignorantes de los fundamentos y de las leyes de esta sociedad, lo que primero se manifestaba era un mundo rabiosamente erigido en contra de los vivos, tranquilo e indiferente ante la muerte. En realidad, a menudo no era más que sangre fría en medio del horror. Todavía no habíamos tenido tiempo de entrar seriamente en contacto con una clandestinidad cuya existencia los recién llegados estaban lejos de sospechar." La especie humana: Robert Antelme. 

"Cuando se casaron mis padres, papá tenía 36 años y mamá 25. Mi hermana Margot nació en Frankfurt del Meno en 1926. Yo nací el 12 de junio de 1929. Por ser judíos debimos emigrar a Holanda en 1933, país en que mi padre asumió el cargo de director de Travis, S.A... Nuestra vida transcurrió llena de sobresaltos, pues nuestros parientes que no salieron de Alemania cayeron bajo el peso de la persecución desencadenada por las leyes de Hitler. Tras el programo de 1938, los dos hermanos de mamá huyeron a América. Nuestra abuela se refugió con nosotros. Entonces tenía 73 años. Después de 1940 terminaron los buenos tiempos. Primero vino la guerra, luego la rendición, enseguida la entrada de los alemanes a Holanda. Y así comenzó la miseria. Un decreto dictatorial siguió a otro y los judíos se vieron especialmente afectados. Tuvieron que llevar una estrella amarilla en su vestimenta, entregar sus bicicletas y ya no podían viajar en tranvía, para no hablar de automóviles. Los judíos sólo podían hacer compras entre 3 y 5 de la tarde, y sólo en tiendas judías. No podían salir a la calle después de esa hora. Los judíos tenían vedados los teatros y los cines, así como cualquier otro lugar de entretenimiento público. No podían ya nadar en las albercas públicas a practicar al tenis o al hockey. Se les prohibieron todos los deportes. Los judíos tenían prohibido visitar a sus amigos cristianos. Los niños judíos deben acudir exclusivamente a escuelas judías. Así se amontonan las prohibiciones arbitrarias. Toda nuestra vida estaba sometida a este tipo de presiones. Jopie suele decirme: "Ya no me atrevo a hacer casi nada, pues siempre pienso que puede estar prohibido"". El diario de Ana Frank: Ana Frank.